Ni poniendo en juego todo el esfuerzo, podría haber imaginado como puede ser la vida de una misionera en el  “mato”, en el interior de las zonas rurales de Mozambique. Hemos tenido el privilegio de compartir unos días en Chipene con la Hermana Ángeles, una comboniana murciana que llegó a Mozambique en el año 1972.

Aunque su idioma es el español habla con la misma facilidad makua, el italiano, el portugués y pasa de uno a otro en milésimas de segundos.

Pero esa no es su habilidad principal, tiene tantas que sería difícil precisar cuál es la más destacable, aparte desde luego, de su amor a los más pobres y a los más vulnerables.

Hemos recorrido con ellas las aldeas y las payotas (casas) y antes de llegar a cada una de ellas llamaba a sus dueños por su nombre, sabía el de sus hijos y el de sus nietos y como les había ido a cada uno.

Ángeles

Nos contaba sus historias, como la de Antonio, el niño con discapacidad que durante la guerra su madre escondió o la de Ana, la décima niña de una familia y que era la única superviviente. En muchas de las historias estaba ella presente, ayudando, arreglando lo que parecía que no tenía solución.

Todos se alegran con su visita y le ofrecen lo poco que tienen en su casa de regalo. A la misión hemos visto llegar a una madre con unas judias envueltas en un trozo de capulana o a un anciana con unas mandiocas: son presentes para la hermana.

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Cuando vamos de camino con el coche vemos como los vecinos la conocen de lejos y le gritan:” irmá”. De vez en cuando para y lleva atrás a los que van caminando muy cargados.Los niños que están cerca se quieren subir todos, es una excursión en coche en toda regla, no tienen muchas oportunidades. Si se descuida hablando con alguien, advierte que el coche está de bote en bote, que no cabe un alfiler.

Fue enfermera en el hospital hasta que se “reformó” (jubiló). Con 72 años su vida es un continuo correr: el lar(residencia de estudiantes) de las niñas, la huerta, las gallinas, los conejos, la organización de la misión, las visitas a los enfermos, las compras que hace en el “supermercado” de la misión (así llama al gallinero y la huerta).

Ahora además está actualizando su formación en internet (cuando hay red) porque dice que le quedan muchas cosas que aprender antes de que la llame San Pedro.

Así que tiene que ir rápido…corriendo.Y así va desde las claras del alba hasta que se acuesta. Siempre agradando a todo el mundo con una alegría inmensa.

Hemos aprendido mucho estos días de ella porque sabe de todo y lo comparte: de Mozambique y de su gente y hemos aprendido a querer esta tierra aún más de su mano.

Cariñosa, trabajadora, alegre, acogedora, buena…

Hermana Ángeles nunca te agradeceremos bastante los días tan bonitos que hemos compartido y lo que hemos aprendido de ti.

¡Kosukhuro (gracias), te llevaremos siempre en el corazón!